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Ruth Cabrera: El tango de la vida

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El secreto del tango es la comunicación corporal. El hombre decide y marca el ritmo. La mujer contiene, da forma, da expresión y se planta cuando hay espacio. El brazo izquierdo de la mujer descansa completamente sobre el brazo derecho del hombre, que la sostiene y la guía. Los dos se abrazan, se respiran, se entienden con la presión de los dedos, con un movimiento del torso, con un roce en el hombro. Mientras cada uno entienda, tanto su papel como a su pareja, el baile fluye maravillosamente.

Cuando me di cuenta de lo que increíblemente difícil que me resultaba funcionar en este esquema, le dije a mi recién estrenado maestro de tango que yo era muy mala para los bailes de pareja. Él me preguntó “¿por qué? ¿eres sumisa o eres mandona?” Y fue con esa simple pregunta que me di cuenta de la ambivalencia en la que hemos vivido muchas mujeres toda nuestra vida.
Creo que tal vez es un asunto generacional. A mis casi 37 años me doy cuenta de que muchas de nosotras tuvimos madres y abuelas conservadoras, tradicionalistas, sumisas, que probablemente permitieron mucho más de lo que deberían, porque era lo que se esperaba de ellas, porque era para lo que estaban hechas o porque simplemente no existían -en su propia concepción- sin un hombre a su lado. Fue una experiencia tan dolorosa para nuestra niña interna que, en ese momento decidimos que no queríamos ser así. Que seríamos triunfadoras, independientes, autosuficientes y que podríamos hacerle honor a aquella sabiduría popular de que nosotras SÍ podemos hacer varias cosas al mismo tiempo. Y juramos que nosotras íbamos a estudiar y a proveer y a cuidar y además vernos perfectas, a ser las mejores madres y además íbamos a ser astrónomas. Al menos, eso es lo que me pasó a mí.

Y allí estaba mi maestro de tango con su camisa brillante color vino esperando mi respuesta. Y allí estaba yo, perdida, sin saber qué contestar. Sin saber si era sumisa por todo lo que había hecho y permitido tantas veces en mi vida por tratar de encajar en un esquema de femineidad antiguo que no acababa de convencerme, por tratar de hacer felices a quienes esperaban que así lo fuera, o si era mandona por inmiscuirme en un ámbito laboral riesgoso, por tomar la iniciativa en una relación y por tratar de estar a la par de la competitividad masculina. Todo ello muy agotador, por cierto.

Y entonces de mi cuenta de que no tenía idea. No tenía idea de qué era. A veces era sumisa y a veces era mandona. A veces me ponía un vestido de flores sintiéndome de lo más incómoda y a veces estaba en reuniones llenas de hombres en las que me sentía completamente fuera de contexto.

No supe qué contestar. Entonces Leonardo, mi maestro de tango, con una maravillosa sonrisa llena de paciencia y sus 32 años de sabiduría argentina, me dio una lección de tango / vida de lo mejor que he tenido. Me habló de la danza de la pareja, de la importancia de los dos, de la complementariedad -que no abuso ni rivalidad- de la energía femenina y la energía masculina no sólo en las relaciones de pareja, sino en la vida en sí. Y me encantó. Y entonces me di cuenta de que no quiero ser sumisa ni quiero ser mandona. Quiero ser sólo mujer, desde una nueva concepción de mujer. Híbrida, distinta, que me haga sentir bien y feliz. Quiero bailar el tango de la vida.

Ruth Cabrera

Ciudad de México, octubre 2012.

 

Imagen: zilverbat@Flickr

Written by Charro Negro

October 11, 2012 at 3:42 pm

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