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¿Hacia dónde vamos?

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Escrito por: Sómacles
Rara vez me animo a escribir sobre la situación actual del país, este es un trabajo que cómodamente se lo podemos encargar a los periodistas (que creen que lo saben todo al emitir sus opiniones) y a aquellas personas que al enjustarse en un debate, olvidan por completo la efimereidad de sus palabras. Recordemos que el mejor campo de batalla para este tipo de eventos sociales, ha sido y será la pluma dorada con la que se escriben letras de fuego (compañeros universitarios, aprendan de esto último).
En esta ocasión, me referiré a los últimos acontencimientos que se encuentran en boca de todos. Bien sabemos que la coyuntura es intrascendental, sólo en la medida del tiempo, podremos saber las verdaderas consecuencias de las acciones, del hecho que se encuentra ahí, del estando, del ser.
Y aún cuando este escrito no está pensado para ilustrar u oscurecer, ha sido elegida su génesis con el fin de enaltecer y elevar o, más suscintamente, remacar con hierro y acero, algo tan sencillo, pero complicado en su forma: La inconsciencia.
Así es estimados todos, es bien sabido por la mayoría, que la consciencia es el primer paso para la acción. Se han ustedes inculcado en la glorificante lectura de diversos textos de color tintoresco, de la unión por el colectivo, de la praxis, del saber que se empieza por oler el suelo, para levantar la faz y contemplar el azul cielo.
Y es completamente plausible este último hecho; hemos despertado nuestra mente a la realidad, al saber que la cotidianeidad es un asunto del que todos debemos formar parte, del saber, ¡oh ese saber que hemos colocado en un pedestal!. Sin saber, no podríamos haber abierto los ojos. La luz nos ilustra y pregonamos la máxima del ser humano: Libertad.
Y en verdad admiro su intelecto, su forma de pensar, la voluntad de poder que han adquirido, suficiente y necesaria para el cambio, para el movimiento cíclico de las nuevas formas. Me parece que no podré encontrar en ningún otro grupo de personas, tan excelsas ideas, fruto verdadero de esfuerzo y dedicación, cuyo primer protagonista y guía, ha sido la academia. Es esta academia la que ha fungido como nuestro Virgilio, mostrándonos pacientemente este nuestro nuevo mundo Dantesco. No podría congratularme más al saber que nuestra fraternidad estudiantil, por fin, ha enaltecido su espíritu. Es hora de que tomemos carta en los asuntos capitales.
También así, es remarcable que el areté haya encontrado un huésped tan perfecto y armonioso, como es la comunidad que se dedica al pensamiento, esta nuestra comunidad que es el máximo legado de nuestros antecesores. Sangre de más se ha derramado para cultivar con aguas tintas, el árbol de semillas rojas y agrias raíces, pero del que eventualmente disfrutaremos maduros y verdes frutos, mielescos y finos.
Sin embargo, mis muy estimados compañeros míos, no olvidemos sólo un pequeño detalle tan importante como lo es la prudencia. Hemos sido bendecidos con juventud, con energía, con disposición. Esta misma condición también ha sido un verdadero presente divino para los animales, esos seres irracionales, que alegran nuestras vidas al otorgarnos una forma de vida, digna de ser analizada por los más cultos en las artes de la vida. Y así como estos pueden disfrutar de tan bella condición (que recordemos es también de corta duración), nosotros, seres racionales, vigorosos y pluriculturales, hemos de honrar con intensidad la humanidad que nos ha sido dada.
Convoco al segundo sin embargo, que es la desviación de este magnifísimo regalo. Bien sabemos que sólo los dioses poseen la perfección absoluta, y que nosotros como indagadores de nuestro entorno, aspiramos a dicha perfección, pero en el camino nos hemos dado cuenta de nuestra condición de humanos, demasiado humanos.
Y es así como, escogiendo a la Libertad como mástil ideológico, no hemos sido capaces de actuar en debida concordancia con el pensamiento. Nuestras acciones difieren por mucho, con lo proyectado en nuestra visión todocuradora. Hemos ideado la cosecha de frutos cuya procuración, hemos dejado de lado. No podemos siquiera pensar en las bases de una sociedad reformada, adecuada al contexto nacional, por atender de más los propósitos del presente. No me gustaría que se malinterpretara, no. Mi decir es el siguiente: Así como hemos sido altos visionarios de la cultura, de la política y de la ciencia, así como esperamos del porvenir, la recompensa de nuestro ser, es así es como un padre debe velar por su hijo. Pero no esperemos un hijo rebelde, inmaduro, inconsciente, que únicamente procure la radicalización y provoque fatales contingencias, sino cultivemos tanto esta voluntad de poder, como la mesura y la prudencia. No me encuentro de un sólo lado de la balanza en cuestiones ideológicas, al contrario, me declaro como el vigía dialéctico. En una palabra, hagamos síntesis de lo que hemos vivido.
Evidentemente no me refiero a alguien en particular, para nada. Sino que este escrito se encuentra dirigido para todos, para que la película de nuestras vidas, tenga un director apasionado por lo que hace.
Me gustaría continuar escribiendo, pero existen asuntos que también son de preocupación para un servidor. Y si al comienzo de este texto, comenté que iba a escribir sobre la situación actual del país, no me refería al agregado efímero que encontramos en los diarios, sino a ese intervalo en el tiempo del México actual, que atañe a todos. Desconozco lo que sucederá de aquí a dos años, pero en verdad, los invito a que hagamos una reflexión conjunta, sobre los verdaderos quehaceres, cuya importancia incumbe a todos. Somos jóvenes, pero no por eso, caigamos en irracionalidades únicamente atribuibles a los que se encuentran ajenos a nuestra condición de seres sapientes. No decaigamos en elementos retóricos, punta de lanza ideológica, causada mayoritariamente por la negación a nuestro ser. Aún cuando el resentimiento sea creador de valores y nuestro cuerpo pasional invite tentadoramente al canibalismo inconsciente de nuestra sociedad, mantengamos frío nuestro elemento distintivo, que, con mucha convicción personal, opino será nuestro máximo apologeta a lo largo de nuestras vidas: la razón. Acojamos cálidamente al areté, nuestro eterno invitado de honor. Se que las tan distinguidas mentes que lean esto, me comprenderán.

Written by libertymoderna

September 29, 2008 at 5:00 pm

Posted in Sómacles

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